No se hablan lenguas extranjeras; únicamente se reconoce un español “correcto”, purista y legitimado por la tradición. El español es priorizado mediante políticas culturales y educativas, mientras que las lenguas indígenas y las variantes no normativas son desvalorizadas, invisibilizadas y excluidas del espacio público. Sin mecanismos de protección efectivos, muchas de estas lenguas desaparecen silenciosamente. Surge además un fuerte rechazo hacia quienes hablan inglés. Aparecen grupos y pandillas “anti-gringos” que hostigan, discriminan y agreden a personas extranjeras o a quienes utilizan esta lengua en espacios públicos. Paralelamente, se niega la legitimidad del lenguaje inclusivo y se intensifican los ataques hacia quienes lo emplean, considerándolo una amenaza para la identidad lingüística dominante. Este clima social impulsa el endurecimiento de las políticas migratorias y el fortalecimiento de discursos nacionalistas orientados a restringir la presencia extranjera, especialmente la de población estadounidense y europea vinculada a procesos de gentrificación.